Ingo Maurer


Ingo Maurer es una rara avis en el mundo del diseño. Lo que Marcel Duchamp hizo en el del arte, él lo llevó al de las lámparas cuarenta años después. Así, pionero en la descontextualización de objetos (en sus luminarias utiliza desde botellas de Campari hasta cucharas o platos rotos), también ha sido precursor de la línea del diseño-arte que hoy se vende menos en las tiendas que en las galerías de arte, aunque él no quiera entrar en ese circuito. Reniega de las clasificaciones, pero no le importan las etiquetas. Sólo quiere seguir jugando. Y, con cuarenta años de tablas, cada día lo hace más. La leyenda cuenta que vio la luz una tarde de resaca en una pensión de Venecia. Veía doble y del techo, sobre el camastro, colgaba una bombilla desnuda: "Me pareció lo más hermoso del mundo: una caja de cristal para un destello de luz", recuerda hoy en Barcelona. Su primera lámpara, Bulb, de 1966, era eso: un homenaje a Edison, una bombilla gigante. Luego, en la que es una de sus piezas más famosas, le puso alas a otra bombilla y comenzaron los nombres italianos. La pieza se llama Lucellinoporque la vida de Maurer es una historia de amor entre Nueva York, donde vivió muchos años, e Italia, donde es una institución aunque ningún fabricante italiano haya conseguido producir sus diseños. Desde aquella tarde en Venecia, Maurer se lo hace todo solo. Dibuja, piensa, busca, produce -todas las lámparas son semiartesanales-, empaqueta y distribuye. Solo, con sus sesenta empleados, "casi todos sin formación académica, pero con buenas manos". En el mundo de los números, su segunda mujer, Jenny Lau, tiene un papel fundamental. Decía Emily Dickinson que la esperanza es una cosa con alas. Y Maurer, cuando explica que su mujer lleva las cuentas de su empresa, puntualiza que a él le dio alas. Más alas. Y más bombillas. En otro homenaje a Edison, Maurer hizo desaparecer la bombilla, pero, abracadabra, el usuario la hace reaparecer después, según donde se sitúe, como un fantasma en forma de holograma